
Hoy he recibido una llamada de una persona que amé... y que aún mueve en mí sentimientos de desesperanza y desasosiego.
En más de un artículo me he referido a ella, al daño intensísimo que sentí con la ruptura de nuestra relación, a la frustración y rabia por la forma de tomar decisiones, y al sentimiento de haber sido engañado durante bastante del tiempo en el que yo la sentí como mi pareja y creía que luchábamos por sentar las bases de una vida en común.
Me ha llamado porque está mal, porque dice que yo siempre estuve a su lado, apoyándola cuando lo necesitaba, y ahora, al parecer, necesita de ese calor. También que ha pensado mucho en mí a lo largo de este año y pico en el que hemos puesto tierra y olvido (por lo menos intento de olvido) de por medio.
Quizás no ha valorado que prestarle esa ayuda significaría para mí volver a caer más profundamente en el pozo del que todavía lucho por salir. No ha pensado en "los daños colaterales" de semejante planteamiento, en cómo me puedo quedar yo después de que ella se sienta confortada y vuelva a desaparecer de mi mundo.
No he aceptado quedar con ella, a sabiendas que también con esta decisión me voy a sentir mal, como ahora me siento, y voy a volver a saborear la hiel y la amargura al revivir el fracaso de aquella relación.
¡Qué vulnerables somos a veces!