La chica que me considera imbécil me gustaba. Hablábamos, discutíamos, hacíamos chistes, nos reíamos... en fin, había química.Siempre me ha gustado la química, el simbolismo de sus reacciones, la abstracción de sus fórmulas... y el misterio de todas esas sustancias recorriendo los entresijos de nuestros cuerpos y provocando efectos maravillosos.
Cuando nos enamoramos realmente lo que sucede es que se desata la furia de la química del amor. Serotonina, oxitocina, adrenalina, testosterona, andrógenos, estrógenos y demás proteínas sexuales establecen su campo de batalla en nuestros cuerpos y nos hacen sentir, suspirar, anhelar, amar, gozar y sufrir por y con esa otra persona que es la que, cuan supercatalizador, desata a ese ejército molecular.
Y, como decía, esa chica me gustaba y se lo insinué. Le di las pistas para llegar hasta mí, para poder pasar a otro estadio y, en diversas posturas y tiempos, intentar estudiar y suspirar con la química de nuestros cuerpos... pero fue ella la que no entendió mis mensajes y, al parecer, esperó una actuación algo más clásica y menos académica en esto del ligoteo.
Al final nos quedamos sin nada y yo con el calificativo de "imbécil".
Igual en el próximo curso nos tendríamos que matricular de esa asignatura con un libro de texto tan sugerente como: "Understanding Chemistry" para aprender a interpretar correctamente los mensajes de ambos.


