
Poco a poco el verano va acabando. Sigue el curso de todos los años y, a pesar del calor de estos días, el final de agosto marca la frontera de la vida relajada a la rutina del resto del año.
En julio estuve de vacaciones, en agosto trabajando a medio gas y, con la semana que viene, vendrá el agobio de tener que recuperar y poner en marcha la maquinaria productiva, venciendo el nerviosismo de todo el mundo al que le parece que si no le atiendes se le acaba el oxígeno.
Bueno, quizás exagero un poco, pero es la sensación que me invade y para la que ya me estoy preparando.
El año pasado tuve un final de agosto un tanto abrupto y doloroso.
Todavía sigo dándole muchas vueltas a lo que me ocurrió y me invade una sensación desagradable en el estómago, como de nausea, a la vez que respiro hondo y trato de mirar para delante.
De todas formas, esa vuelta a la velocidad normal en el trabajo este año para mí va a ser más llevadera. La segunda semana de septiembre la empresa me envía a un congreso en Santander, ciudad que me gusta mucho y con un atractivo muy especial: paisaje, gastronomía, ocio, la amabilidad de una ciudad pequeña y la tranquilidad de sus gentes. Así es que, aunque esté "trabajando", seguro que tendré tiempo para disfrutar de todos esos atractivos que he citado.
Después, como cualquier otro mortal, me quedará por recorrer la empinada cuesta de septiembre.

