martes, 16 de junio de 2009

El verano


Cuando era pequeño solía ir con mis padres a pasar parte del verano a casa de mis abuelos maternos. Vivían en un pueblo pequeño, en el que hacía mucho calor, y la paz y la quietud eran las señas identificativas.

La casa era una casa de pueblo no demasiado grande, ya que mi familia es de origen humilde, pero para mí un lugar enorme, lleno de espacios góticos y misteriosos que explorar y conquistar.

Tampoco puedo recordar exactamente cómo era la casa, pues sé que se hicieron varias reformas que se solapan en mis recuerdos infantiles y, cuando era adolescente, con la muerte de mi abuela, mi madre y todos mis tíos y tías se pelearon por la exigua herencia, vendiendo rápidamente, entre otras cosas, la casa, con lo que no hay posibilidad de refrescar la memoria.

Estaba situada en la parte alta del pueblo, lejos de la carretera por la que se llegaba tras un buen rato de viaje desde la ciudad en la que vivíamos.

Desde la carretera, una cuesta pronunciada salpicada de tierra y piedras conducía a una especie de pequeña planicie donde se agrupaban unas cuantas casas, algunas de las cuales estaban en ruinas y a donde nos prohibían ir a jugar por el peligro de que se terminaran de caer.

La puerta era de madera, de las que se abren en dos partes y que generalmente la de arriba está abierta, permitiendo acceder al cerrojo de la parte baja.

La pared exterior, en singular, era blanca, con piedra en la parte de abajo y unas pequeñas ventanas con postigos de madera. Y digo en singular porque a derecha e izquierda lindaba con otras casas y la parte posterior daba a una zona de árboles y matorrales muy tupidos e inaccesibles. Eso sí, había una tapia de piedra que nos aislaba de ese exterior selvático y salvaje.

Desde la entrada se iba a la zona donde se guardaban los animales. Había una zona sombría donde estaba el pesebre con la mula, un pequeño recinto para la cabra y un cerdo, un lugar habilitado como pajar y un patio donde había jaulas con conejos y por donde correteaban las gallinas y un gallo con el que mantenía una pugna por el control del territorio.

Allí solía bajar con un látigo a enfrentarme al gallo que, cuando me veía, intentaba dejar claro que esa era su parcela pero yo, armado con la fusta, lo mantenía a raya.

Luego venía la bronca de mi abuela, que me decía que si asustaba al gallo las gallinas no pondrían huevos y, claro, yo no entendía la relación de una cosa con la otra. ¡Ay, la tierna infancia!

Por unas escaleras angostas e irregulares se subía a la primera planta donde estaba una amplia cocina con una mesa larga que solo se llenaba en verano, cuando volvían los hijos e hijas pródigos con sus retoños, y que pertenece a algunas de esas reformas que se hicieron, y que no sé a qué sustituyó.

Había también un comedor pequeño desde el que se accedía a 2 dormitorios, uno de ellos sin puerta y con una cortina liviana para salvaguardar la intimidad.

En un rincón estaba la fresquera, donde se guardaban esas cosas que los de la ciudad metíamos en un armario blanco llamado nevera, con un espacio para dejar un trozo de hielo que se compraba en un almacén donde había unas barras grandes de hielo, de las que te partían un trozo, y que luego, con la evolución de la tecnología, y el poder adquisitivo, se enchufaron a la red eléctrica y se les cambió el nombre por el de frigorífico.

En esa planta también había una pequeña estancia, con una chimenea y una mesa pequeña de madera cubierta con un hule de cuadros verdes y blancos donde solían darme de cenar a mí. Era muy pequeño ese espacio porque del original se sacó sitio para un cuarto de baño que se hizo en una de esas múltiples reformas de la casa original.

Desde ahí y por otras escaleras irregulares y mal iluminadas se llegaba al desván, lugar maravilloso y fértil terreno para mis fantasías.

El desván era un lugar muy amplio donde se guardaban cosas inútiles y pequeños tesoros.

En esa estancia, y aunque no recuerdo cuándo, se habilitó un pequeño cuarto con una cama también pequeña que solicité y se me asignó, supongo que con alivio y alegría, por parte de los adultos que verían aumentada su libertad en las horas de los "sueños".

Siempre he tendido a la soledad. Tal vez mi condición de hijo único haya influido de manera decisiva en tener que ser autosuficiente desde pequeño y a buscar en el interior lo que otros buscan en las personas de alrededor.

En el desván, dueño de mi espacio vital, arropado por el calor de las mantas, era libre para soñar y para vivir mil aventuras que se sucedían en mi mente infantil.

Los ruidos y las sombras que me arrullaban nunca me dieron miedo y mantenían alejadas de mis dominios a primas y primos de mi edad y que también aparecían por casa de mis abuelos en verano. Además, la aureola de valiente y de superhéroe, me acompañaba en mis relaciones con ellas.

He "vuelto" muchas veces a ese desván, a meter la mano en la tinaja de las aceitunas, a cascar almendrucos para comer la almendra ligeramente amarga, a jugar a tendero con la pesada romana, a cazar insectos que entraban por una ventana a pesar de la malla fina que tenía, a descubrir que en aquella casa había habido otros tiempos mejores, de los que nadie hablaba, y que los delataban un gramófono y discos de baquelita que nunca escuché allí. También la existencia de una máquina de fotos Kodak, de las de fuelle, aunque tampoco nunca vi ninguna foto sacada con ella.

El gramófono, los discos y la cámara están ahora junto a mí. Fue lo único que pude salvar antes de que todo se tirase o se vendiese en el fragor de la batalla alimentada por una codicia mal entendida.

Mi último fracaso sentimental me ha conducido de nuevo a abrazarme a la soledad, al recogimiento interior. Me cuesta salir e intentar conocer nuevas personas. Me da miedo abrir la caja de mis sentimientos y volver a sufrir cuando las expectativas se frustren. Sé que no estoy siendo positivo, pero vuelvo una y otra vez al "desván" donde puedo soñar y donde me siento protegido.

Son espacios, recuerdos y, como he descrito en otros artículos, olores que me transportan en un viaje por el tiempo.

La vuelta de ese viaje, como la de todos los demás, suele ser traumática. Es la contraposición de lo vivido a otro ritmo y en otro lugar, con la realidad de la vida cotidiana y monótona. Es el archinombrado "síndrome postvacacional".

Lo que pasa es que es mal asunto si eso se da antes de las vacaciones, y yo hasta el día 4 de julio no me voy, así es que tengo que poner un poco de orden y cada trauma vivirlo en su momento.

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