viernes, 6 de marzo de 2009

La posibilidad de una isla


Ayer leí un artículo en el que su autora manifestaba su deseo de perderse en una isla caribeña.

Yo no conozco el caribe, pero sí he tenido, y tengo, una relación con otras islas, más cercanas en la distancia, exuberantes en el paisaje y de un clima arrebatador para los que pasamos muchos meses entre humedades y fríos.

Leerle ayer me trajo los recuerdos de las temporadas que he pasado allí, y también una novela de Michel Houellebecq de la que he cogido prestado (sin preguntar) el título de este artículo.

De las novelas de Houellebecq ésta es la que menos me gustó, pero cuando lo descubrí sentí tanta curiosidad que busqué y leí lo que tenía publicado.

Me sorprendió y amenizó las 5 horas y pico que tarda el TGV en hacer el trayecto París-Montparnasse Hendaya, que las pasé leyendo su libro "Las partículas elementales". Libro que, por cierto, luego presté a un amigo, que más tarde dejó de serlo, y ya no me lo devolvió.

Luego seguí con una novela, anterior en el tiempo a "Las partículas elementales" que se titulaba "Ampliación del campo de batalla". Compré en cuanto salió "Plataforma" y ya hace 4 años que publicó "La posibilidad de una isla".

Michel Houellebecq es un tipo curioso, con unas fijaciones que aparecen en todos sus libros y con una opinión bastante pobre de la maternidad, las creencias religiosas, las mujeres, la sexualidad, la inmortalidad, la sociedad... que lo hacen bastante inconfundible y divertido... si te gusta el tipo de humor que gasta.

Hace poco leí un lío que había tenido con su madre, con la que parece que no se habla desde hace muchísimos años y que la señora le había demandado por difamación, ya que en casi todos los libros hay un personaje femenino, maternal, con el nombre de pila de su señora madre, y que queda fatal.

Podría parecer que el chaval había salido un poco torcido en esto del amor materno-filial, pero los periódicos también contaban que la progenitora había dejado a Michel con 4 ó 5 añitos con sus abuelos para marcharse de viaje durante un lustro y recorrer África en los brazos del amante de turno.

En fin, todo muy edificante.

Y volviendo a esto de las islas, en mayor o menor medida todos somos unas islas en las que habitamos y en las que desarrollamos nuestro ciclo vital. Unas veces invitamos a otras personas a que compartan la vegetación, el paisaje y la vida que hay en ella y otras veces nos toca vagar por el océano en soledad.

A mí me hubiera gustado invitar a mi amiga, la del blog, a mi isla porque creo que lo necesitaba, pero en estos momentos el pedrusco en el que me muevo está situado en una latitud de frío, nieve y tiempo desapacible. Pero al igual que las placas litosféricas, se ha movido en el pasado y se seguirá moviendo en el futuro, hasta que quizás lo que se observe desde la terraza sean esas flores, ese mar y esa tranquilidad de la foto.

La isla es real. La posibilidad de volver a ella también.

2 comentarios:

i met you dijo...

Mi isla es demasiado cierta.
El problema con las islas es que sí andas demasiado deprisa se acaban, y luego necesitas un barco para seguir caminando:)

Magnolia dijo...

Pues depende. Solo si sigues la trayectoria más simple de las trayectorias: la línea recta.

Pero hay muchas otras trayectorias, más reales y frecuentes que la línea recta y que cuando acaban, realmente... vuelven a empezar! Con lo que te dan la oportunidad de enmendar los fallos del pasado.

Un beso