
Leyendo el blog de "Belén in red", en su artículo "Vacío", donde habla de su niñez en Teruel y de los recuerdos de la casa de sus abuelos, a mí me ha traído a la memoria retazos de una época, ya extinta, donde también había unos abuelos, una casa de pueblo y unos sabores y olores que rememorar.
Yo nací y me crié en una ciudad, pero mis abuelos maternos vivían en un pueblo al que íbamos, mayormente, en verano. Por aquella época yo era el único nieto y el favorito de mi abuelo que se entendía mejor conmigo que con el montón de primas que también aparecían en algún momento del estío.
Recuerdo con amabilidad aquella época infantil, lejos de las preocupaciones y de todas esas cosas que, con el paso del tiempo y la pérdida de la inocencia, nos vuelven más retorcidos.
Al igual que cuenta Belén, cuando murieron mis abuelos, a mis tíos y tías les faltó tiempo para vender y reñir por cuatro tierras, una chopera... y la casa en la que todos ellos se habían criado y que a mí me parecía maravillosa.
Ellos perdieron sus raíces y yo el mundo onírico de aquellos veranos, de los de antes, de mucho calor, sillas en la calle al atardecer y la compañía de los animales que también formaban parte de la familia.
Pero he comentado que, a parte de todo eso, hay un olor y un sabor que tengo profundamente guardado en la memoria: el del aceite.
Era un sabor recio, profundo, que al principio costaba asimilar, pero que luego era como una droga que te hace desear más y más.
Muchas noches me hacían para cenar huevos fritos con patatas fritas y esa es la imagen que acompaña al sabor que comentaba.
El aceite supongo que sería el de la cooperativa del pueblo a la que casi todas las casas colaboraban con sus pequeñas producciones. Lo mismo ocurría con el pan, el vino... Recuerdo que mis abuelos tenían unos cupones para ir retirando esos productos de almacenes un tanto destartalados y con mostradores larguísimos (o eso me parecía, que aquí el tamaño del observador seguro que influye)
Ni que decir tiene que he buscado ese sabor en los aceites de los trujales que he visitado y en las zonas donde se produce aceite... sin encontrarlo.
Hace un tiempo, un amigo al que le hablé de ese aceite de mi niñez, me trajo una botella de aceite de orujo sin filtrar del trujal de su pueblo y ahí había un cierto parecido.
Era potente. Muy potente. Tanto que raspaba la garganta, irritaba los ojos y provocaba la tos más compulsiva. Si se usaba para freír, el olor que quedaba en la cocina (y en el resto del piso) permanecía durante días.
Así es que después de varios intentos de rebajar su potencia con otros aceites, a los que enmascaraba por completo, opté por deshacerme de "aquella cosa". Creo que el medio ambiente todavía no se ha recuperado y me siento responsable porque por aquella época se empezó a hablar del cambio climático, el aumento de las temperaturas y el deshielo del ártico... y es muy duro ;-)
Pensando sobre todo esto y teniendo en cuenta lo que decía más arriba sobre la elaboración del aceite en la cooperativa del pueblo, seguro que era una mezcla de distintos tipos de aceitunas y, dada la mecanización de aquellos tiempos, también es seguro que no habría filtrado, selección de las olivas o proceso de refinado ninguno.
Resignado a no volver a probar ningún manjar aderezado con un óleo como el de mis sueños, en la actualidad me contento con usar un maravilloso aceite de oliva virgen extra de una almazara de la ribera del Ebro, aunque para la mayonesa tenga reservado un monovarietal picual intenso que le da un característico sabor amargo que me gusta mucho y que hace que el resto de las mayonesas sean unas salsas sin gracia ninguna.
Por el pueblo de mis abuelos no he vuelto desde su muerte y la liquidación patrimonial. Por un lado me da miedo ver en qué se habrá convertido. Por otro siento curiosidad por comprobar qué despiertan en mí algunos rincones... en el supuesto de que la voracidad del ladrillo haya dejado algo sin digerir.
Y decía que para mi abuelo era el nieto favorito, aunque no siempre lo tenía tan claro. Me solía llevar en la burra a una huerta donde cultivaba alubias verdes, pimientos, melones (tampoco he vuelto a encontrar melones como aquellos), patatas... y para regar había que sacar el agua de una acequia que tenía como metro y medio de profundidad.
Y allí me metía mi abuelo para que fuera llenando cubos y se los pasara.
Eso no me gustaba nada porque estaba todo embarrado y había arañas. Y cuando me quejaba, él se despachaba diciendo: "¿Arañas? ¡pues dales un manotazo y mátalas!"
Y por lo bajini acababa con un: "¡Mierda de crío de ciudad!

3 comentarios:
que post más sabroso te ha salido, es lo que tiene belen que se mete en la tripa, en la memoria y denasiadas veces en el corazón. Seguro que si vas algún ricón encuentras mira a la altura de esos años.
Un beso
Teruel es tierra de aceites, querida... ;)
Besicos
Hola I met you (por cierto, qué nombrecitos raros se pone la gente). Sigo buscando, porque la esperanza es lo último que se pierde, pero si no encuentro no importa. Lo que tengo grabado dentro sí importa y ahí estará... hasta que el alzheimer y/o la demencia senil no lo remedie.
Un beso.
Belén, gracias por tu presencia. Sé que Teruel es una tierra que, entre otras cosas, tiene aceites, y hasta donde he llegado he degustado sus productos... pero debo seguir buscando :(
Un abrazo y muchos ánimos (por lo de tu otro post, que preocupa cuando lo lees y tranquiliza cuando constatas la claridad de ideas que tienes). ¿He dicho un abrazo?... pues quería decir un beso ;-)
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