
Cuando eres pequeño muy mal tienen que irte las cosas para que tengas una visión negativa del mundo y de las personas.
Cada estímulo exterior abre zonas de tu mente que te sorprenden y quieres cultivar. Todo se queda grabado, todo sirve para pensar en positivo, todo te impele hacia adelante.
Pero cómo cambian las cosas cuando vas creciendo. Cuando vas paladeando el regusto amargo de la traición, la pesadez del fracaso, lo cortante del desamor, la losa de la indiferencia, la tristeza de un día igual que el anterior y que el anterior y que el anterior...
¡Enhorabuena, ya eres adulto!
Yo soy adulto. Empecé este blog hablando de recuerdos infantiles tal vez por explicar el título del mismo "El perfume de la magnolia", y seguí hablando de otros perfumes porque el primero me llevó al segundo, y éste al tercero... y así podía haber seguido.
Sin embargo hoy tenía ganas de hablar de esta dureza que llevo dentro, que me pesa, que me lastra y que es fruto de haber crecido, de haber apostado, de haber amado... y de haber perdido.
Aunque mientras hay vida, hay esperanza, y yo no tengo previsto dejar este mundo en las próximas fechas.

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