
Estos días que estoy evocando sensaciones y pinceladas de mi vida infantil se me están abriendo recuerdos en los que no reparaba desde hace un montón de años.
Uno de ellos es que a mi madre le daban mucho miedo las tormentas. En cuanto oía un trueno, o el cielo se nublaba de esa forma tan especial cuando va a haber una tormenta de verano, cerraba ventanas, bajaba persianas y se refugiaba en el cuarto más recóndito de la casa a rezar a su dios, que por aquel entonces también era el mío.
Yo procuraba escaparme de su lado e ir a algún sitio desde donde viese el espectáculo de los rayos, los truenos y la lluvia que se derramaba generosamente.
Siempre me ha gustado esa puesta en escena de la naturaleza, y en mi actual casa tengo un gran ventanal orientado al sur, desde el que, sentado en el sofá, da gusto ver la fuerza de la tormenta.
A mi madre si la siento ahí se muere del susto con el primer rayo, y tampoco es eso.
Junto a las tormentas había otra cosa que a mi me seducía. Ahora ya casi no se aprecia, pero en aquella época en la que era un niño, cuando no había tanto cemento ni asfalto, cuando la ciudad no se había extendido como una mancha de aceite cubriéndolo todo, después de una tormenta había un extraordinario olor a tierra mojada y un persistente perfume que yo decía que era "el perfume de la tormenta".
Aquel perfume, como otros que ya he mencionado y otros más que mencionaré, lo tengo grabado muy profundamente en mi mente y me gustaba mucho.
Muchos años después, viajando por la autopista, paré en un área de servicio para estirar las piernas e ir al baño.
En cuanto entré en los baños los truenos y los relámpagos saltaron de neurona en neurona dentro de mi cabeza. Ahí estaba el "perfume de la tormenta", lo que pasa es que era mediodía, estaba despejado y aquello no era un descampado, sino un lugar tan mundano como los servicios de caballeros de la autopista.
Me moví intentando localizar de dónde salía aquel olor. No sé si alguien me vio, pero ya casi nada llama la atención, por lo que un bicho raro más o menos, ni es noticia, ni merece más consideración que una mirada piadosa.
Localicé un aparato que ponía "Ozonizador" y que servía para desinfectar el ambiente y eliminar otros olores mas pedestres.
Me hizo gracia, a la vez que mi recuerdo sobre aquel olor quedaba un tanto devaluado. Pero sí, efectivamente, las descargas eléctricas de las tormentas hacen que se forme ozono, que era aquel aroma intenso que se superponía al olor a tierra mojada.
Desde entonces, cuando entro a unos servicios públicos, un relámpago recorre mi retina. El que huela a tormenta depende ya de que la empresa de mantenimiento de las instalaciones haya instado un chisme de esos.

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