
También era pequeño cuando, sobre todo en verano, iba a pasear con mi madre y mi tía por las afueras de mi ciudad.
Había una cuesta por donde pasaban los escasos coches que circulaban por aquellas fechas y que tenía a ambos lados de la calzada unas hileras de majestuosos castaños de indias.
Siempre me ha gustado ese árbol. Es de un magnífico porte, con un tupido follaje y con unas inflorescencias que, en primavera, lo adornan con multitud de copos blancos.
A la vera de aquellos árboles que, por cierto, todavía existen, había unas cuantas fábricas diseminadas y entre ellas una que me llamaba poderosamente la atención.
No me interesaba por lo grande que pudiera ser o porque su imagen fuese singular. De hecho yo ni la miraba, pero su influencia sobre mí era notable.
La fábrica se dedicaba a las conservas de frutas, melocotón mayoritariamente, y lo que me llamaba poderosamente la atención era el intenso aroma a almíbar que diseminaba por todos los alrededores.
Sí, otra vez los olores, la sensación embriagadora de que algo penetra en tí, satura tus sentidos y deja una señal que más tarde, años después, reconocerás sin dudar.
Me gustaba que me llevaran por ahí y, si me daban oportunidad de decir a dónde quería ir, yo expresaba con cara de chiquillo travieso: "¡Vamos a la cuesta del almíbar!"

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